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1960-1964: los padres de la criatura

¿Qué es canción del verano? ¿Me preguntas? ¿En serio? ¿Así? ¿Clavando tu cadera en mi vaquero azul?… Lo entiendo. A estas alturas estamos ya tan saturados de humahuaqueños, comadres y compadres, pobres corazones destrozados, colitas nerviosas, tollos playeros y mayonesa sersuá, que nuestros pobres cerebros (que baila baila bailando van), apenas distinguen nada. ¿Canción del verano? Jamás nada tan simple tuvo un nombre tan a la par. Canción del verano es la canción reina del verano. O mejor, las canciones, porque en este campo son muchos los que aspiran a un cetro que asegura tanto un buen número de ventas como de actuaciones. ¿Requisitos? En principio: ritmo bailable, (mejor cuanto más pachanga) y letra de temporada (a noventa días mayormente), siempre marcadamente surrealistas o guasonas, con variedades que van desde la playa en sí o el verano mismamente a lecciones de baile (pasando por la playa en sí, el verano mismamente o las lecciones de baile), o bien sobre amores tontos o desenfrenados dentro o cerca de la playa o en medio de una lección de baile, y a poder ser en verano (mismamente también). Esto es lo suyo, aunque luego sorprendan otras composiciones que no responden al canon pero que, por arte de birlibirloque, se ven de pronto en las soleadas listas del estío, en boca de todos y con la etiquetita de marras en la portada del CD. Es como la canción del Carnaval, los artistas y la industria proponen, pero al final siempre es el público soberano quien dispone.

La historia de la canción del verano se remonta en nuestro país a mediados de la década de los sesenta, y su génesis estuvo ligada a cuatro factores fundamentales: el boom del turismo, los ecos de la música que se generaba por aquel entonces en EEUU e Inglaterra, la llegada de la televisión y la conversión de la radio en medio de promoción de la industria discográfica, con el surgimiento de las listas de éxito. A lo largo de las 27 entregas de que consta este trabajo iremos repasando, año por año, la era dorada de este género (permítaseme la exageración), desde la época yeyé hasta la del remix chunga chunga, haciendo escala en la rumba verbenera, el sonido disco de los setenta o la Movida madrileña. Hablaremos tanto de los especialistas (Fórmula, Los Diablos, Georgie, Raffaela…) como de los circunstanciales (el resto, prácticamente) y situaremos cada momento musical en el contexto social que le dio vida. Todos ellos, con sus sonrisas y sus fiestas, han ido trazando la historia de los meses más tórridos de nuestras vidas. Son los magos del calor, los trovadores de la avenida: elegantes o horteras, odiados o venerados, nacionales o importados; lo cierto es que sin ellos, angelitos de Dios, el verano no sería lo mismo.

Nada de esto hubiese sido posible, sin embargo, sin la abnegada tarea de aquel puñado de figuras que, empeñadas en la modernización del acervo musical patrio (jotas, coplas, habaneras, y algún conato de pop), se habían entregado con anterioridad en cuerpo y alma a la tarea de renovar la canción allí hasta donde eran capaces o les permitía el régimen. Ellos fueron marcando el camino, sentando las bases de un movimiento que no se demostró andando, sino bailando y alucinando a tutiplé. Son los precursores del fenómeno, gente como Los Casanova, Los Cinco Latinos, Los Javaloyas, José Guardiola, Manolo Escobar, Dúo Dinámico, Conchita Bautista, Enrique Guzmán, Palito Ortega, Luis Aguilé, Los TNT, Los Mustang, Dúo Kramer, Leo Dan, Emilio el Moro, Gelu, Marisol, Los Teen Tops o Luis Gardey habían ido pergeñando las líneas maestras del nuevo formato sonoro. Joyas como La chevecha, El telegrama y Quiéreme siempre (1959), La bamba, Porompompero, Comunicando y Quince años tiene mi amor (1960), Estando contigo, Quisiera ser y Ola, ola, ola (1961); Cuando calienta el sol, Somos jóvenes, Popotitos, Tómbola, Siempre es domingo y El partido de fútbol (1962); Twist de la risa, Amor de verano, Dile y 100 kilos de barro (1963); o Flamenco y Qué me importa el mundo (1964) merecen figurar con todos los honores en los anales de esta singular explosión de alegría y de color que emergería ya en todo su esplendor en 1965.

  1.  
    9 enero, 2013 | 3:08 am
     

    Y Raphael ??….

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