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1973: la historia

La batalla estaba servida, y se libraba en todos y cada uno de los frentes de aquella España parapetada tras los Pirineos que se precipitaba hacia un destino incierto, pero claramente marcado por el cambio. Francisco Franco languidecía y el régimen se las veía y se las deseaba para contener la cada vez más encrespada oleada progresista que rompía contra las rocas del inmovilismo. Políticos, obreros, estudiantes, intelectuales y artistas no cejaban en su empeño de derribar la estaca (como muy bien reflejó Lluis Llach en uno de los himnos del antifranquismo), mientras los sectores más reaccionarios buscaban fórmulas para perpetuar su poder. En el campo de la música popular, las estrategias tenían las listas de éxito como máximo objetivo. Las filas del oficialismo (folclóricos y cantantes ligeros, en su mayoría) habían venido retrocediendo desde principios de los sesenta mermados por el empuje de los nuevos sonidos y había que reconducir todo aquel maremagno de guitarras eléctricas, pelos largos, patas de campana y danzas prohibidas. Había que ofrecer un mensaje claro, con ritmo adecuado, que ensalzara los valores de aquella reserva espiritual de Occidente y que, a ser posible, se expandiera por todos esos mundos de Dios para dejar bien claro que éramos los mejores porque sí. Y entonces llegó el milagro.

La maravilla (cosas de la vida) no fue siquiera inventada por el régimen. Llegó del extranjero en la voz y el salero de una tal Imca Marina, con la única intención de agradecer a voz en cuello las delicias de unas vacaciones inolvidables en algún rincón del país. Era la oportunidad que tanto habían estado esperando. ¡Y viva España!, bien aprovechado, podría dar una vuelta de campana a la situación por la que atravesaba la guerra del vinilo. Bastaba cambiar a la tal Marina por una voz española de toda la vida, conocida, simpática, claramente afín al entramado oficial y más salerosa aún, si cabe, que la original. Así fue cómo el pasodoble y Manolo Escobar se hicieron con el verano español en 1973, en lo que a la postre resultaría el canto del cisne de aquella visión rancia y monolítica del arte que había imperado en España durante casi cuarenta años.
En la canción aparecen todos los tópicos de la raza y expresiones realmente curiosas: de repente se convierte en refrán lo que no pasa de ser un lema o una exclamación (¡que viva España!), cuando ya en aquel tiempo la Academia definía claramente refrán como “dicho agudo y sentencioso de uso común”, aunque quizá en este caso el compositor se refiriera a la segunda acepción (“hallar salidas o pretextos para cualquier cosa”), ¿Y qué me dicen de “y es imposible que pueda haber dos”? Natural, tampoco podría haber dos Francias o dos Italias, salvo que lo que se pretendiera era acabar definitivamente con aquello de las dos Españas que tantos quebraderos de cabeza le producía al dictador, cuando todo el mundo sabía que España era una, grande y libre. Y para rematar, una asociación de ideas que ni en parvulario: “el mundo tiene otro color, y España es la mejor” ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? ¿Y qué color tiene el mundo, por cierto? ¿No está España en el mundo también? ¿No hubiese sido más sencillo decir “y si somos los mejores, bueno y qué”? ¿O, ya en plan tango, “que el mundo fue y será una porquería ya lo sé, menos España, que tiene otro color”?

El incombustible don Manolo volvía por la puerta grande tras éxitos como el Porompompero, Madrecita María del Carmen o La minifalda. Ese año le tocó competir con nada menos que Eva María (Fórmula V), Mi talismán (Los Diablos), Eres tú (Mocedades), En un mundo nuevo (Karina), Cuando salga la luna (Los Puntos), Todo por nada (Camilo Sesto), Soledad (Emilio José), La estrella de David (Juan Bau), Dieciséis años (Julio Iglesias), América, América (Nino Bravo), My guitar (Juan Pardo), Una dos y tres (Patxi Andión) y Pon una cinta en el viejo roble (Los Mismos), entre otras. Pero las coyunturas son las coyunturas y al que Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.

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    1 julio, 2007 | 9:00 pm
     

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