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1978: la historia

Una vez liquidada la cuenta moral con el pasado reciente y en ese proceso de futuro que describíamos en nuestra anterior entrega, comenzaban a surgir las primeras voces que demandaban el protagonismo del estilo que representaban. Fue el caso de Tequila que, ante el adormecimiento generalizado que se vivía en los ambientes eléctricos del país, supuso una corriente de aire fresca adelantada a lo que más tarde sería toda una eclosión de grupos y solistas. Alejo Stivel (voz), Ariel Rot y Julián Infante (guitarras), Felipe Lipe (bajo) y Manolo Iglesias (batería) aprovecharon al máximo la potencia desplegada por el rock argentino del momento e importada por dos de sus miembros, Ariel y Alejo, para remover las entrañas de la anquilosada producción nacional. El país se había convertido en un erial donde campaban a sus anchas los especialistas del verano (cada vez más horteras), los Travoltas febriles de fin de semana y la lágrima fácil de baile pegado. Se demandaba un cambio radical, una fórmula mágica para reconducir el proceso iniciado en los sesenta y paralizado paradójicamente con la llegada de la democracia, el rock de la época se hallaba disperso en experiencias de corte urbano y marginal o territoriales (rock andaluz, catalán, gallego…) todo muy de culto, de escasa conexión salvo honrosas excepciones, con el gran público. Con la canción de autor a las puertas de su propia crisis de identidad marcada por el sabor agridulce de una victoria a medias y las exigencias estéticas de un público cada vez más maduro, el terreno estaba abonado para iniciar la nueva etapa del pop-rock nacional. Y esto, ni más ni menos, es lo que vino a representar Tequila.

Con Rock en la plaza del pueblo se recuperaba el rock and roll como sonido contemporáneo y vendible, pero no sólo en la forma (que también presentaba una notable evolución con respecto a sus antecedentes), sino también en el fondo ideológico. Aunque tampoco estamos ante un himno del rock trasgresor y underground, sí que podemos observar en esta pieza algunos de sus elementos característicos, como son la rebeldía (droga era en aquel tiempo sinónimo de subversión y buena onda) y un lenguaje propio: alucinada, rollo, show, colocado, liberar, vibrar… Era aquel un mensaje que llegaba directamente al cerebro de todos los jóvenes que hasta el momento tenían que conformarse con los discos importados de Estados Unidos o Inglaterra o con el difuso recuerdo de la etapa yeyé. El look tampoco se quedaba atrás: desde el vocalista hasta el batería se respiraba un aire de sensualidad básica y descarada, muy del estilo Rolling, que volvía loquitas a las chicas y era imitada por los chicos (¿o era al revés?). Lo de la plaza del pueblo era una verdadera provocación: el rock se dispersaba por todos los rincones y accedía incluso a la España profunda. Se combatía al enemigo en su propio terreno, y eso molaba cantidad.

Tequila grabó cuatro discos de larga duración Matrícula de honor (1978), Rock and roll (1979), ¡Viva Tequila! (1980) y Confidencial (1981) para disolverse posteriormente en el fragor de la Movida. En ese tiempo dejaron singles que, como éste que tratamos, provocaron un gran impacto en las listas de éxito y en el entorno de la canción del verano: Salta, Buscando problemas, Necesito un trago o Dime que me quieres, entre otros.

La nómina de éxitos del 78 es también importante y sigue dominada por la tónica de años anteriores: Balada para Adelina (Richard Claydermann), Vivir así es morir de amor (Camilo Sesto), Soy un truhán soy un señor (Julio Iglesias), Sólo pienso en ti (Víctor Manuel), Amigo (Roberto Carlos), Bailemos un vals (José Vélez), En el rollo está la solución (Micky, haciéndose un hueco), María Magdalena (Trigo Limpio), Cara de gitana (Daniel Magal), Sólo tú (Matía Bazar), Poco a poco me enamoré de ti (Collage), (Umberto Tozzi), Acorde (Los Pecos), La de la mochila azul (Pedrito Fernández), Sorry I’m a lady (Báccara), El boxeador (Laredo), La gallina Co-co-ua (Enrique y Ana)…

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    6 julio, 2007 | 6:03 pm
     

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