Blog | Foro


1980: la historia

Algo se movía ya en este último año de la década de los setenta. Si el decenio comenzaba con un grito de auxilio del Tony Ronald Den Boer y envuelto en el halo superdiver de Los Diablos y Fórmula V, se cerraba con una parodia cínica y sensual protagonizada por un grupo de reciente creación que subía como la espuma en medio de una crisis general de la música popular española. La Orquesta Mondragón vino a sumarse a Tequila en el largo y tortuoso camino hacia la consolidación del pop-rock de la tierra, aportando su granito de desenfado, teatro y trasgresión (sin menoscabar un ápice la calidad de su música) al desolado panorama de la creación electroacústica made in Spain. Las cosas comenzaban a cambiar: Miguel Ríos concluía su etapa de crisálida y entonaba cual mariposa madura un Santa Lucía que rompía moldes y que contagiaba a jóvenes como Antonio Flores (No dudaría); Víctor Manuel continuaba con Ay, amor su trayectoria de cantautor moderno junto a nuevos valores como Joaquín Sabina (Calle Melancolía), mientras un cubano escuálido, de voz de flauta, accedía por primera vez a las listas de éxito de nuestro país con Te amaré (en realidad, Silvio Rodríguez, cuyos discos comenzaron a editarse en España en 1975, gozaba ya de un amplio seguimiento, aunque siempre en terrenos muy alejados del hit parade); la balada romántica dejaba paso a composiciones menos arquetípicas y ñoñas, provovando temas como Clara, de Joan Baptista Humet; la fiebre disco comenzaba a remitir a la par que la avanzadilla de la Movida dejaba en los oídos su carta de presentación con éxitos como Enamorado de la moda juvenil (Radio Futura), Mari Pili (Ejecutivos agresivos), La chica de ayer (Nacha Pop), Horror en el hipermercado (Alaska y Los Pegamoides), o Las chicas son guerreras (Coz).

Se estaba a las puertas de algo nuevo y distinto y eso se sentía en el espíritu. A esas alturas, ya casi todo el mundo tenía claro lo que quería y cómo quería conseguirlo. Los pelos se llenaron de colores y de púas engominadas, las pieles se volvieron pálidas para resaltar maquillajes alucinantes y grotescos, el sintetizador se hizo el amo de la banda y el futuro era una manzana fluorescente al alcance de cualquiera. Unos pretendían dar un nuevo sentido al pop-rock sin abandonar los patrones clásicos, otros amaban el tecno, muchos querían sólo divertirse, bastantes se contentaban con imitar el sonido y el look de la new wave, un sector reivindicaba el factor neorromántico, la mayoría se curtía en ambientes postmodernos, todos querían triunfar y los menos se planteaban todo aquello como una carrera de fondo en la que había que ir sentando bases y definiendo líneas de actuación.

La mezcla era explosiva, y explotó, aunque una vez más sólo en su aspecto formal. El franquismo era cosa del pasado, la transición parecía no acabar nunca y la democracia estaba consolidada. Al menos, eso es lo que parecía, porque lo cierto es que la reacción trabajaba denodadamente y en silencio por la vuelta atrás, conspirando y enrareciendo el ambiente favorecidos por el clima de enfrentamientos callejeros, atentados y abusos policiales que aún soportaba el país. Pero a las nuevas generaciones todo esto le daba casi igual. Los adolescentes de esa época habían dejado los pañales con el fin de la dictadura y poco sabían de prohibiciones, persecuciones, exilios y fusilamientos. Su principal referencia eran los videoclips que comenzaban a proliferar en televisión y las pautas marcadas por los 40 Principales. El futuro estaba servido, y había que dar buena cuenta de él.

Por eso quizá, a la buena, moderna y confiada Caperucita se le apareció el lobo, pero no el lobo de la Orquesta Mondragón, que era un rato simpático, enrollado y buen amante, sino un lobo malhechor. Pero eso es adelantarnos a los acontecimientos. Por ahora nos quedamos con el ansia de libertad y el hambre de creatividad de una juventud lanzada a la vida. Y con el rock and roll del cuento que nos regaló Javier Gurruchaga el año en que un loco se cargó a John Lennon y nos dejó a todos compuestos y sin genio. Imagina, pues, lo que habría de llegar.

  1.  
    21 junio, 2007 | 9:00 am
     

    […] La Unión, una de las bandas míticas de la Movida y de las pocas que la han sobrevivido es nuestros días toma parte de for valiente y sensata en el debate sobre derechos de autor: “Ahora crear un éxito es muy difícil y los directos han cobrado una dimensión diferente. El planteamiento es otro, los conciertos son el futuro de la música. A las compañías y a los cedés les quedan dos telediarios. Lo importante será la música y no los plásticos (…) Hay mucho más criterio a la hora de elegir la música. El directo es el medio para llegar a la gente. El camino pasa por que la gente tenga la música gratis en Internet y por que vaya a ver a los artistas”. […]

  2.  
    1 julio, 2007 | 9:15 pm
     

    […] 1980: Caperucita feroz – La Orquesta Mondragón […]

Lo siento. Los comentarios están cerrados.