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1985: la historia

“Alguien gritó enfebrecido: ‘¡Ya somos europeos!’, y todos le seguimos radiantes y orgullosos, preguntándonos unos a otros ¿que ya somos qué?…” (Diario personal de Juan Tábano, 1985). Pues, sí, tal y como refleja la cita que acabamos de leer, España se incorporó a la UE (CEE en aquellos tiempos) el año del que trata esta nueva entrega. Se daban todas las condiciones exigidas por la Comunidad para aceptarnos en su seno y sablear impunemente nuestra economía; perdón, quise decir modernizar: la democracia estaba consolidada, hacía años que no éramos una amenaza en Eurovisión, teníamos un terrorismo desarrollado, la Guardia Civil sólo mataba por despiste (síndrome del Norte le llamaban), estábamos a punto de hacer las paces con la OTAN, la socialdemocracia campaba a sus anchas por el país, habíamos quedado finalistas en la última copa de Europa, los turistas se lo pasaban bomba en nuestro país y teníamos hasta Movida y todo, que era de un moderno que no veas y acaparaba portadas en los mejores diarios y revistas del planeta. Poco se sabía entonces de cosas tan fútiles como las negociaciones pesqueras con Marruecos, las vacas locas, las guerras del tomate y el banano o el euro. Éramos felices sólo por estar allí, representaditos en Bruselas y mirando a nuestros vecinos del Sur por encima del hombro.

Nuevamente el país disfrutaba de una sensación como de fiesta que sólo se vio ligeramente ensombrecida por los arrebatos caricaturescos de Ruiz Mateos, y por la reaparición (un año más) de Georgie Dann en la escena de la música para el verano. Siendo fiel a su planteamiento filosófico-existencial, reconocido en múltiples entrevistas de fondo, decidió mantener su apuesta por el riesgo presentando una composición afrolatina en una sociedad marcada por los pins de fondo azul y estrellitas doradas y por el sabor del tecno y la nueva ola, todo muy del Norte y muy frío. Y volvió a dar en el clavo. Claro, que no es riesgo todo lo que reluce. En realidad el genio de Georgie se había limitado a versionar un tema que se había puesto muy de moda a finales del año anterior y que, por ejemplo, en el Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria, llegó a convertirse en canción oficial en febrero de este mismo año.

No obstante, restarle mérito a Georgie Dann por estos detalles tan tontos estaría tan fuera de lugar como desterrar a Cela de la historia de la literatura española sólo por su manía de tirarse pedos. Cada genio tiene su miseria, que dirían también Leonardo Dantes frotándose la calva y la mismísima Tamara frente al espejo. En definitiva, que la trayectoria artística de nuestro héroe del 85 está lo suficientemente avalada y contrastada como para entrar ahora en absurdas disquisiciones. Es el rey del verano, y si a alguien no le gusta, pues entonces es que directamente no le gusta el verano. Porque el verano es así: alegre, movidito y un pelín tontorrón también, para qué vamos a engañarnos. Si hasta se enamora uno y todo. Qué tres meses. Un desastre. ¿Quién no recuerda los éxitos de Georgie? ¿Quién no ha tarareado o bailado alguna vez alguna de sus obras maestras? ¿Quién no ha escuchado aunque sea de pasada títulos tan sugerentes para el espíritu y el intelecto como El casatchock, El bimbó, Paloma blanca, El campesino, Mi cafetal, Koumbó, El negro no puede, El chiringuito o La barbacoa? Pertenece al selecto grupo de los especialistas, los que siguen y siguen verano tras verano y no paran nunca, no se cansan jamás, como el conejito de la Duracell. Esa privilegiada élite en la que muchos han intentando entrar y muy pocos lo han conseguido. Sólo por eso merece ya nuestro respeto y nuestra admiración. Pero es que, además, es un hombre sorprendente en muchos sentidos: en la intimidad escucha jazz y toca el saxo, confiesa que se ha forrado con sus hits, ya trabaja en sus memorias, asegura que se lava la cara con jabón Lagarto y que los fines de semana se baña en leche de burra, jura que no es machista, aspira a obtener la Legión de Honor francesa y la Medalla al Trabajo española, se considera un genio y le fastidia que no se lo reconozcan, está convencido de que sus letras hacen pensar… ¿Alguien da más? ¿No resulta extraordinario? ¡Salve al rey del petardeo musical!

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