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1989: la historia

La despedida de esta sección que nos ha acompañado durante el mes de agosto es también la de la Movida madrileña, que tuvo en este irreverente y sarcástico Aquí no hay playa su certificado de defunción. El país se precipitaba hacia una nueva década y hacia un importante cambio estructural, tanto en lo político como en lo musical, y en lo que nos afecta especialmente, la canción del verano. Alianza Popular cambia su nombre por el de Partido Popular, mientras las grietas en el gobierno del PSOE y el propio partido aventuraban una catástrofe que no podría salvar ni el éxito de Barcelona 92. La salsa extendía ya sus poderosos y cálidos tentáculos sobre el mercado nacional para apoderarse de los noventa como de una ostra despistada. Los d’jeys hacían de las suyas con mezclas y remezclas, y los herederos del tecno preparaban el asalto definitivo con platos ácidos de bakalao. Los especialistas vivían suerte dispar, pues mientras unos (Raffaella) parecían haberse extinguido por completo, otros (Georgie) seguían erre que erre reservando sorpresas como La Barbacoa o El chiringuito; muy lejos estaba aún el relevo que supondría a finales de milenio King Africa y su incombustible petardeo. El mundo del flamenco vuelve a la superficie tras años de buceo obligado, y lo hace en tres vertientes; la clásica, con el éxito de las figuras del cante; la renovada, con los jóvenes flamencos (Ketama a la cabeza) y la nacional-verbenera (Cantores de Hispalis, María del Monte…). En breve llegarían, dentro de este apartado, cosas como Rosario, Azúcar Moreno, Los Manolos o Los del Río, entre muchas otras. Y, por si todo esto fuera poco, el fenómeno del revival comienza a adquirir proporciones de fiebre, aventurando otra de las principales ramas mercantiles de la siguiente década: grandes éxitos de todas las grandes figuras, regreso de los míticos dinosaurios del rock, vuelta a los temas de la España de los sesenta con retonro del Dúo Dinámico en plan superventas incluido, discos colectivos de todo tipo con cientos de músicos que se homenajean unos a otros… Una orgía de ideas, vaya.

The Refrescos irrumpe en la escena enarbolando la bandera del ska y del vacilón aplicado, con su líder Bernardo en plan Superman de la pradera, quedándose con el personal y vendiendo miles de discos. El grupo no permanecería mucho tiempo en la escena, sólo tuvo otro éxito de cierta altura (Todo, nada), aunque aportó su grano de frescura a un momento marcado por la incertidumbre, en un año en el que también brilló con luz propia gente como Germán Coppini (Después de la lluvia), Miguel Bosé (Los chicos no lloran), Alaska y Dinarama (Mi novio es un zombie), Julio Iglesias (Bamboleo), La Unión (Vivir al este del edén), Luis Cobos (Vienna concerto), Los Secretos (La calle del olvido), Héroes del Silencio (Mar adentro) o La Guardia (Mil calles llevan hacia ti). Y, por la vertiente anglosajona, Samantha Fox (Love house), Jovanotti (Gimme five), Simply Red (It’s only love), Robin Beck (First time), Bananarama (Grandes éxitos), Fleetwood Mac (más éxitos), Pink Floyd (Delicate sound of thunder), Tracy Chapman (Tracy Chapman), Elvis Presley (sí, éxitos), Deacon Blue (Real gone kid), o Salt’n’Pepa (Twist and shout).

Nosotros, pues, nos vamos despidiendo, dejando el futuro de este género (ya he pedido perdón) sublime que es la canción del verano para futuras entregas, y esperando haber logrado el objetivo que nos habíamos marcado desde un principio, que no era otro que el de entretener las tórridas lecturas veraniegas con un repaso a los años dorados de este fenómeno musical mezclando la historia con la anécdota, el análisis y el humor. Y nos vamos como mismo llegamos, sofocados por este calentamiento global del planeta y esperando que la emisión de tanto hit playero no acabe por aumentar el agujero en la capa de ozono, aspecto éste el de la influencia de la canción del verano sobre el cambio climático que aún está por investigar: las primeras alarmas de los ecologistas al respecto y el lanzamiento de La yenka coinciden, y eso ya es todo un dato. Cielos, qué horror.

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