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Penas y alegrías del amor

Penas y alegrías del amor – Francisco

Mira cómo se me pone
la piel, cuando te recuerdo.
Por la garganta me sube,
un río de sangre fresco,
de la herida que atraviesa
de parte a parte mi cuerpo.
Tengo clavos en las manos
y cuchillos en los dedos.
Y en la sien, una corona
hecha de alfileres negros.

Mira cómo se me pone la piel
cada vez que me acuerdo,
que soy un hombre casado…
¡y sin embargo, te quiero!

Entre tu casa y mi casa
hay un muro de silencios,
de ortigas y de chumberas,
de cal, de arena, de viento.
De madreselvas oscuras
y de vidrios en acecho;
Un muro para que nunca
lo pueda saltar el pueblo.
Está rondando la llave
que guarda nuestro secreto.

Yo sé bien que me quieres
y tú sabes que te quiero,
y lo sabemos los dos
y nadie puede saberlo…

Salgo de mi casa al campo,
sólo con tu pensamiento,
por acariciar a solas
la tela de aquel pañuelo,
que se te cayó un domingo
cuando venías del pueblo.
Y que no te he dicho nunca
mi vida que yo lo tengo.
Y lo estrujo entre mis manos
lo mismo que un limón nuevo.
Y miro tus iniciales
y las repito en silencio.
Para que ni el campo sepa
lo que yo te estoy queriendo.

Ayer en la plaza nueva,
vida no vuelvas hacerlo;
te vi besar a mi niño,
a mi niño, el más pequeño.
Y cómo lo besarías,
¡ay, Virgen de los Remedios!
que fue la primera vez
que a mí me diste un beso.
Llegué corriendo a mi casa
hacia mi niño del suelo.

Y sin que nadie me viera
como un ladrón en acecho,
en su cara de amapola,
mordió mi boca tu beso.

¡Ay qué alegría, qué pena,
quererte como te quiero!
Mira, pase lo que pase,
aunque se hunda el firmamento,
aunque tu nombre y el mío
lo pisoteen por el suelo.
Aunque la tierra se abra,
aun cuando lo sepa el pueblo,
Y pongan nuestra bandera
de amor a los cuatro vientos.
Sigue queriéndome así,
tormento de mis tormentos.

¡Ay, qué alegría y que pena
quererte como te quiero!

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